DESINSERCIONES Y LAZO SOCIAL

Bárbara Gallastegui

Estoy muy contenta y agradecida de acompañar hoy a Cosme a decir algunas palabras en torno a su libro que se titula Desinserciones y lazo social: una práctica orientada por la singularidad. Fundamentalmente porque me ha permitido detenerme en un ejercicio reflexivo poco accesible a los ritmos frenéticos de lo cotidiano. Esta es una invitación que nos hace Cosme, tomarnos el tiempo y el esfuerzo de reflexionar.

Es muy interesante el planteo del libro porque a partir de la perspectiva del trabajo social que Cosme ejerce como coordinador de un centro de día para personas en situación de exclusión social, se abren una serie de cuestionamientos respecto al modo en que está organizada la civilización actual y las implicancias que de ello se derivan en las prácticas médico-sociales. Una lectura cercana, al mismo tiempo que aguda y crítica, con una propuesta del todo original de fondo, sustentada en fundamentos teóricos sólidos, que se reflejan en modos concretos de hacer en el acompañamiento con este tipo de sujetos.

Sucede que en la clínica aparecen estados de deterioro psíquico tan profundos que pueden llevar a un sujeto hacia la exclusión social absoluta o hacia la muerte, y es un deber de humanidad alojar estas diferentes posiciones subjetivas, es decir, que la clínica algunas veces exige también la respuesta de una práctica social e institucional, antes mismo que apuntar a tratar al sujeto desde una vertiente exclusivamente terapéutica.

La disertación teórica que Cosme expone va acompañada a cada paso de ejemplos concretos de su práctica cotidiana (quiero resaltar que elevo al estatuto de perlas el desarrollo de los casos, con sus detalles y con sus dichos literales, el de Juan, el de Aitor, el de María y tantos otros) que nos acercan a la complejidad de la trayectoria de sujetos, que parecen haber recorrido de forma infructuosa todos los recursos que la red asistencial ofrece, cayéndose de los mismos una y otra vez. Se es testigo, así, de un agravamiento incesante, ya que se suman nuevas experiencias de fracaso a la problemática previa y se añade la impotencia de los profesionales. Hablamos de casos graves de psicosis, adicciones, sujetos con pasajes al acto suicida…son los casos calificados como cronificados, inabordables, cuando no, de casos imposibles. Una aproximación más perspicaz apunta que lo que se ha puesto en jaque es la operatividad de la red asistencial y la mirada del profesional. Entonces, la cronicidad, más allá de definirse por la duración, se produce cuando ya no quedan objetivos terapéuticos.

Es ahí cuando es urgente introducir un paréntesis, poner en suspenso todo juicio previo y dar lugar a un tiempo para pensar que permita salir de la encrucijada de un destino funesto. Ya lo apuntaba Lacan, y Cosme lo retoma en su texto, entre el instante de ver y el momento de concluir está el tiempo para comprender. Cosme busca preguntas profundas porque cree que ya hay demasiadas soluciones. Más preguntas menos soluciones, podría ser su leitmotiv.

El asunto que hace obstáculo es que nuestra civilización contemporánea se sostiene en la alianza entre la ciencia y el capitalismo y se caracteriza por una ideología de productividad, cuya extensión parece no tener límites. Es una época en la que el ideal se reduce a un ideal de funcionamiento. Cada uno debe funcionar en el nivel más eficaz posible. De manera que asistimos al desarrollo de una concepción del ser humano despojado de sus cualidades y reducido a una cifra.

Cada vez más los estándares profesionales se definen a partir de cifras, que son el resultado del cruce de datos extraídos de la tendencia progresivamente más imperiosa a evaluar y clasificar. La contracara es que con este afán de codificar lo viviente, se cae en 2 generalizaciones y el peligro de generalizar grupos sintomáticos (ya sea de toxicómanos, anoréxicas o autistas) es que se refuerzan las identificaciones y se borra lo particular del sujeto, su dimensión singular, que es el campo propio del psicoanálisis.

Tomando esta noción de singularidad, podemos decir que todo ser humano tiene derecho a una desadaptación básica, es decir que, si bien es posible ubicar ciertas generalidades de una condición dada en un sujeto, éste como tal es único y tiene sus formas específicas dentro de esa condición concreta. Es preciso estar advertido de que en cada individuo esas generalidades se darán de una manera particular, por eso hay que ser cautos a la hora de aplicar recetas porque lo que en un sujeto es un problema en otro puede ser una solución.

Todos aquellos que conocen las instituciones que conforman las redes de salud mental saben que a más protocolos, guías y escalas menor es la clínica que allí se realiza. Es la tendencia imparable que se abre camino en las prácticas contemporáneas que consiste en privilegiar cada vez más los protocolos a costa de las decisiones y del juicio del profesional.

Formamos parte de una sociedad angustiada, inquieta, desamparada que busca encontrar una certeza científica, algo en lo que apoyarse, un suelo firme. De hecho, es innegable la dimensión de angustia que despierta en el profesional la práctica con estos sujetos, donde no hay garantía de infalibilidad; pero Cosme nos invita a rechazar el falso consuelo del fetichismo de las cifras.

Esta burocratización del acto asistencial, borra no solo lo más singular de un sujeto sino también la presencia del practicante en el cuadro, la relación terapéutica, la dimensión de la transferencia, pivote indispensable de cualquier vínculo, porque no hay avance posible sin consentimiento del sujeto.

Y aunque se necesitan reglas para tener un código común, si uno se orienta con las reglas está perdido. Tiene que orientarse con el hecho de que, por supuesto están las reglas, para después actuar conforme al sujeto que sufre y viene a consultar. Hay algo que no puede ser reducido ni previsto y sin embargo es allí donde la acción va a centrarse. En ese lugar de no saber, la docta ignorancia, a la que apela Cosme, sabiendo cuando conviene mostrarse dócil y humilde y, evitando así taponar la verdad del sujeto con nuestro saber de expertos. La acción central es el reconocimiento del deseo, o de la relación transferencial. Más allá de los criterios de buenas prácticas que deben ser invocados, hay que tener en cuenta que no hay reglas sin una práctica viva de interpretación de las reglas, por eso es crucial reintroducir el necesario lugar de aquel que permita interpretarlas.

Esta alternativa de praxis que propone Cosme implica un coste subjetivo que se paga con la propia carne. La práctica por sí misma, si no lleva aparejado un trabajo de formación y estudio continuo, es estéril en cuanto a la adquisición de destrezas operativas. El manejo de los fundamentos teóricos permite orientarse sobre los modos de funcionamiento psíquico de un sujeto, y estar advertidos, por ejemplo, de qué respuestas lo estabilizaron en un momento dado de su vida, cuáles son los puntos frágiles a no abordar, su relación al lenguaje y al Otro…en definitiva, los puntos de anclaje posibles que sostengan a ese sujeto en la vida y que puedan posibilitar la emergencia de un lazo social que parecía inexorablemente perdido.

Para finalizar, Cosme nos pone al trabajo, porque los casos, no están dados de antemano, los casos se construyen, dando al sujeto la palabra. Cierto es que hay que saber lo que se oye en la palabra, para evitar reducir la palabra al mensaje sin pasar por el código particular de ese sujeto que permitiría descifrarlo. Es decir, darse un tiempo, ponerse en conversación con otros 3 profesionales de la red, organizar hipótesis que configuren una estructura lógica para que finalmente pueda desplegarse la solución singular que haga del mundo un lugar más habitable para ese sujeto y por nuestra parte, soportar el enigma de lo imposible de domesticar.

Bárbara Gallastegui, psiquiatra.

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